La depresión se llama Ana

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Hace mucho tiempo conocí a una chica que se llamaba Ana. Tenía un apellido un tanto extraño y la recuerdo perfectamente porque siempre se inscribía a las mismas optativas que yo. No me di cuenta de que sufría de cierto apego hacia mí, hasta que un amigo (mi marido, actualmente), me lo dijo.

Para entonces, como por el séptimo semestre, ella había hecho un montón de cosas para coincidir conmigo; desde mudarse al mismo barrio, aunque quedara más lejos de la facultad, hasta pedir trabajo en el hotel donde yo laboraba como recepcionista. Si me pongo a hacer memoria y trato de ser detallista, me soportaba un buen porque esa fue una de las etapas más difíciles para mí —hasta ahora.

Ana era huérfana. Sus padres le habían dejado —a ella y a su hermano— una casa en la provincia de donde —casualmente— ambas éramos oriundas. Quien se hacía cargo de ellos era su abuela. En la universidad, la llamaban «gordita», a pesar de que yo creo que esa era su complexión, algo robusta. Se reían de ella, la usaban como gancho para los chistes más variopintos y le jugaban bromas que solo los universitarios son capaces de llevar a cabo (porque también suelen ser los que creen que se pueden comer el mundo sin sufrir las consecuencias). En fin, todo esto, no cambiaba su modo de ser conmigo.

Sonriente, dispuesta, y cariñosa —por eso a veces me chocaba estar con ella—. Usaba lentes y no los necesitaba. Compraba helado todos los días y padecía de una obsesión casi compulsiva por querer agradarme o a la gente que le permitía estar a su alrededor. Por esos días yo no era una persona muy amistosa. Las cosas que me ocurrían eran difíciles de contar y admitir y solo podía confiar en mis dos mejores amigos, y tratar de mantener la calma. A todo el mundo con el que traté, le devolvía la sonrisa, pero la verdad ahora que lo pienso no era una muy cálida. Siempre fui un tanto hermética. En esa época me volví más debido a las vivencias diarias y al parásito enfermizo del que estaba siendo víctima. Ana no lo sabía.

Pero esa es otra historia tanto o más macabra como esta.

Un día de asueto de los muchos que hubo en esa universidad a causa de las huelgas, Ana me dijo que quería que fuéramos a comer. Al principio me negué, pero Ángel —ella le causaba mucha ternura por su devoción hacia mí— me insistió tanto que acabé diciéndole «sí, vamos». En este preciso momento, desearía haber dicho otra cosa más bonita y entusiasta.

No la conocía bien. Claro que yo era una joven adulta con muchísimos problemas (un padre alcohólico y novio abusivo, por ejemplo). Tal vez, me estoy diciendo mientras tecleo, hubiera marcado la diferencia que ese día yo le preguntara algo sobre su vida, sobre sus gustos. En cambio la dejaba hablar y hablar y me limitaba a escucharla.

Supongo que fui algo bueno para ella en ese instante de su vida porque no paraba de buscarme y hablaba y hablaba y hablaba. Alegre, radiante, con la mirada de una niña que está viendo a ese Dios del que todos hablan. Y que a veces parece esconderse de nosotros.

En esa comida a la que fui instada por mi mejor amigo (Ángel es mi marido en la actualidad, sí), conocí al hermano de Ana. Tenían una bonita relación, pero él no se cansaba de hacer preguntas que a mí me irritaron. No la defendí. Y hoy sé que debería de haberlo hecho. Debí decir algo para callar las “sugerencias” de un allegado que solo “quería lo mejor para ella”.

En el año de residencias, prácticas o como le llamen en sus países, Ana empezó a cambiar. Íbamos al trabajo un día cuando se quedó paralizada en la acera de una calle; fue como si de pronto hubiera recordado algo que la horrorizó.

Yo estudiaba Administración de Empresas y ella Contabilidad. Compartíamos algunas clases, pero no estábamos juntas todo el tiempo. De hecho, el último año coincidíamos más en el trabajo que en el campus. Por obvias razones. Lo último que recuerdo haberle dicho fue que aceptara un trabajo que le ofrecían en una empresa (hizo sus residencias allí). Yo tenía planes de regresar a la provincia.

Y, cuando por fin nos graduamos, lo hice.

La adulta que soy ahora me dice que debí hacer algo más. Ya Ángel me dijo que no hubiera podido de ninguna manera porque lo cierto es que la depresión es el monstruo más silencioso de todos los que abundan en este planeta, escondidos en los rincones del subconsciente, junto a tus debilidades, a esas inseguridades que te abruman.

A los veinte, mis problemas me parecían dolorosos (tuve que tomar terapia y esto porque mis dos mejores amigos me insistieron, casi me lo suplicaron); Ana no tenía mejores amigos, supongo, en el momento en el que se agravó su enfermedad. Y eso me hizo recordar una frase que escuché en una serie donde el protagonista es drogadicto: no es la situación, sino el entorno.

Es verdad: ninguna situación es tan grave como sí lo es el estar rodeada por gente que piensa que si sonríes es porque no estás roto por dentro. Ella estaba sola. Puedo verlo, y ya es muy tarde. Puedo sentir a mi yo de hace seis años, preguntándose si Ana tenía problemas de ansiedad.

Sin madurez emocional y con un vacío como el que yo tenía, no fui buena compañía para ella. Ángel dice que fui su amiga por el simple hecho de escucharla.

Nunca la juzgué. Aunque no tenía mucho que ofrecerle, le di mi oído y hoy espero que, si este mundo no le prestó ninguna calma, logre encontrarla tarde o temprano. Si hubiera sabido lo que sé hoy, no la habría dejado ni a sol ni a sombra. Me habría pegado de ella y le habría dicho estoy aquí.

Expresiva no soy, pero tengo la certeza de que el mundo sería mucho mejor si practicáramos la empatía. A decir verdad, siento que ella se refugiaba en mí porque pensaba que yo era una guía, que se podía esclarecer estando a mi lado. Tras la graduación no volví a verla. Le conté a mi marido que me agregó a Facebook, y supe que se casó. No tuvo hijos.

Más no sé.

Hoy, cinco años después de haber sabido de ella por última vez, me cuentan que cometió suicidio. Me siento impotente e incapaz de asimilar que una persona, por el hecho de ser persona, recurrió a ese acto como medio de salida a no sé cuántos problemas interiores.

Estaba sola. No tenía padres. Durante la universidad, tal vez encontró un poco de alivio. Por eso nos seguía a Ángel, Sandy y a mí a todas partes. Escribo esto porque quiero que, si un día mis hijos lo leen, presten mucha atención; yo no quiero ser la madre de una hija apática. De alguien intolerante y prejuiciosa. Mucho menos de una persona que luego se convertirá en un bully.

Si a Ana le fue bien tras graduarnos, no tengo la menor idea. No sé nada de su hermano y no sé si quiero saber algo porque justo en este momento no paro de recordar sus “sugerencias”.

Puedes ir a un nutriólogo.

Tienes demasiadas ojeras.

No comas tan rápido. No te rías tan alto.

Si mi mamá te viera ahora le daría vergüenza…

Un abuso disfrazado de sugerencia.

El caso es que Ana ya no está. Vivo a cientos de kilómetros de la capital y su funeral se llevó a cabo hace más de una semana. Estoy tan anonadada con esto que lo único que puedo hacer es preguntarme: si me encontrara con otra Ana, ¿qué haría por ella?

 

2 comentarios sobre “La depresión se llama Ana

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  1. Hay veces que algo tan simple como pedir ayuda se convierte en lo más difícil del mundo, puede ser que te sientas así porque en tu interior sospechabas que estaba mal? El pasado pasado es, estoy convencida que si encuentras en tu vida otra Ana actuarás diferente… Por qué motivo…? Me ha hecho reflexionar, me ha gustado. Ánimo y saludos!!

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