La decisión más difícil del universo

 

 

 

 

A veces, cuando quieres salvar a alguien del dolor, resulta que le estás haciendo más daño.

Escribí eso en un relato hace como diez años. La historia giraba en torno, aparentemente, de dos jóvenes universitarios cuyas vidas se habían separado cuando niños. La intriga familiar que retraté en Púrpura destila una verdad que, aún ahora, me ha costado mucho asimilar y es esta:

Los errores no te definen.

Qué extraña es la vida, ¿verdad? Un par de días atrás, subí un estado con una imagen en la que se veían signos de menos y de más. Y, en la descripción, rezaba algo parecido a esto: que sumen. Los globos en los que se encontraban encerrados los signos de más y de menos salían como diálogos desde la boca de un par de dibujitos de personas. Estaban hablando, según la imagen.

Yo la comprendí y agregué a la publicación: si no la entiendes, te lo explico.

Una amiga me señaló que es muy importante; rodearte de personas que sumen, y que no resten. Se preguntarán qué tiene eso que ver con la manera en la que inició la entrada; sucede que anoche hubo un altercado familiar en mi casa; mi hermano golpeó una roca con la defensa delantera de su coche (sigo sin explicarme cómo sucedió), y mi mamá lo riñó tan fuerte —palabras hirientes, sí— delante de una decena de personas, que mi hermano explotó ahí mismo.

Obviamente, no le dijo nada a mamá. Pero yo vi su rostro…

Fue una cara de incredulidad. Acto seguido, rompí en carcajadas (fue mi manera de aligerar lo ocurrido, habiendo visto que no era nada grave). Y, sin embargo, no estaba feliz. No estaba contenta. No me sentía “a gusto” allí, y quería irme. No lo hice, por supuesto. Pero me di cuenta de algo que toda mi familia tiene y ya de adulta comienzo a creer que es uno de los defectos más comunes que todos los seres humanos padecemos. Nos tomamos a pecho las cosas más ridículas, como si fueran de vida o muerte (golpear una roca, que fue un accidente) e ignoramos las que sí importan (no humillar a nadie delante de otros, aún estando a solas).

Mamá no es una persona perfecta, pero cuando se calmó, le dije que iba a contar esto como un ejemplo de las cosas que se nos olvidan cuando estamos enojados. Los crímenes más aberrantes se han cometido en un estado de estos; antes yo también era una persona irascible, arisca, temerosa, frustrada, incapaz de dar un paso sin preguntarme qué iba a pensar la gente. Y durante mucho tiempo quise protegerme, creyendo que guardarte lo que piensas siempre es mejor que hablar y salir herido o herida.

Pues bien; llevo más de cinco años practicando el arte de la honestidad propia; no me miento a mí misma. No reacciono a la primera. Me enojo, sí, pero lo hago con lentitud, en calma. Siempre voy a decir que cada uno de nosotros toma decisiones difíciles todos los días, pero ninguna como esta, la más complicada y la que, tenlo por seguro, te cambia por completo.

¿Sabes qué son los patrones? Bueno, yo no lo sabía hasta que empecé a tomar una terapia. Pocas cosas en mi vida me han regalado tanta libertad como el poder decir; Dios, cómo necesitaba ir al psicólogo. Soy consciente de que mis dos hermanos y mi madre se parecen muchísimo entre ellos —ya no encajo ahí—. Y yo también era igual. Es solo que me cansé de mí misma, ¿no te ha pasado? Me miré al espejo y dije: uff, no me soporto. 

Quiero cambiar. 

Anoche comprobé que no pude tomar mejor decisión que la de romper los patrones que se venían arrastrando en mi familia, a saber cuántas generaciones atrás. Y no me refiero al altercado de la roca; me refiero al uso de una superioridad emocional sobre otros. Padre, madre, te habla una hija víctima del divorcio, del alcoholismo, del adulterio, de las mentiras; tus hijos no son tu molde, ni tu sustento, ni mucho menos tu refugio.

Son personas individuales que, más pronto de lo que crees, darán vida (o puede que no) a otras personas (también individuales).

Mamá gritaba. Y yo dejé de gritar. Papá bebía. Yo no bebo. No me gusta. No me llama la atención. Mamá cree que para ser feliz tengo que embarazarme, o los dolores menstruales no me dejarán jamás. Papá ya no cree nada sobre mí porque la bebida lo mató. Uno de sus hijos (que no rompió patrones) cayó en las drogas; el otro tiene un carácter altanero, insufrible, y apenas puede consigo mismo (aunque quiero suponer que, al ser su hermana mayor, a él todavía puedo ayudarlo).

El drama de mi vida estaba rodeado por personas que me restaban mucho. Pero, sinceramente, no tuve que apartarme de nadie para impedir que me siguieran exprimiendo como sanguijuelas. Lo único que hice fue cambiar. Cambiar yo. Cambiar en serio. Defendí mis ideales. Dije: no quiero tener hijos aún. Fui al ginecólogo y recibí un tratamiento para los dolores menstruales. Estudié una carrera. Me casé con mi mejor amigo. Me puse a mí primero. A mis deseos.

Hoy, respiro sabiendo que todos los días tengo que tomar esa decisión difícil; no voy a hacer lo mismo que el resto. 

No voy a humillar a nadie. No voy a mentirles —ni a mentirme—. Voy ser empática con el dolor ajeno. 

Incluido el dolor de mis padres. Porque, como yo, ellos también fueron víctimas. La diferencia es que nadie les dijo que podían romper esas cadenas y ser libres; sumar en lugar de restar, y construir ese extraño estado de euforia que te provoca el no vivir tu vida sin herir a los demás, a pesar de lo que puedan —o no— herirte a ti. Complicado, sí. Pero no es imposible.

Creo que lo más difícil de tomar esta decisión en sí, es saber que existe.

Recuerda que los errores no te definen —no eres el alcoholismo, ni las drogas te gobiernan, no eres un embarazo no planeado, ni una violación; no eres libertad sexual ni tampoco lesbianismo—. Si golpeaste una roca con la defensa de tu coche, mientras no te vaya la vida en ello, lo mejor es reírte a carcajadas. La risa es contagiosa. Sobre todo cuanto tú eres el objeto principal de ella.

 

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Y tú, ¿ya rompiste patrones?


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